Si Buñuel levantara la cabeza se sorprendería de lo que han llegado a escribir los guionistas de “Yo soy Bea”. Porque, entre otras cosas, se saltan las leyes de la física a la torera.
Generalmente pueden tirarse dos semanas para contarnos lo que pasa en dos días. Pues bien. Ayer se tiraron apenas una hora para contarnos la boda. Lo que ocurre es la rapidez con la que consiguen las cosas.
Don Álvaro logra lo imposible: despedirse de sus amigos y empleados, correr a casa de la chica, ver que no está, hablar con el padre de ésta, irse en busca de su amada, ver como se va en coche para volver a buscarlo (le perdona solo por leer dos frases de un diario), irse a las afueras para asistir a una boda en apenas una hora. Y eso teniendo en cuenta que viven en Madrid, una ciudad que destaca por la fluidez del tráfico, claro…
Pero lo mejor de todo es que, cuando deciden aprovechar la boda de Be, tienen todo lo necesario en un abrir y cerrar de ojos ¿es que han inventado ya el teletransporte y yo no me he enterado? Porque es impresionante como Bea consigue un vestido de novia a medida, un fantástico peinado, que llegue su padre con su pareja (ambos vestiditos y peinaditos), un traje y un padrino para el novio… y no hablemos de los anillos, no. Es que claro, yo suelo salir de casa con dos anillos de compromismo por si me da por casarme.
La serie ya era poco creíble. Otro intento de adaptación del cuento del patito feo. Como se hizo en muchos otros países. Pero creo que en España, se han pasado. Por suerte se cierra ya una etapa de la serie, y creo que perderá audiencia con la marcha de Alejandro y Ruth. Y seremos muchos los que recibamos con alegría el fin de la serie… si es que llega. Porque con series así, ¿quién quiere cine de ciencia ficción?
Por cierto: ¿el patito feo ya se ha convertido en cisne?